Un verano en Coney Island
La historia se sitúa en Coney Island, Brooklyn, a comienzos de los años noventa. Harry Goldfarb es un joven de poco más de veinte años que vive al margen de la sociedad, sin empleo estable y con una adicción a la heroína que consume buena parte de su tiempo y energía. Su rutina consiste en empeñar repetidamente el televisor de su madre para obtener dinero con el que comprar droga, una práctica que realiza de forma tan sistemática que la transacción se ha convertido en un ritual casi cotidiano. Su mejor amigo y compañero de consumo es Tyrone Love, un joven afroamericano del barrio con quien comparte tanto la adicción como los planes de futuro, siempre difusos y aplazados.
La novia de Harry, Marion Silver, proviene de una familia de clase media acomodada, pero ha caído también en el consumo de heroína. Marion alberga el sueño de abrir algún día su propio estudio de diseño de moda, una aspiración que mantiene viva en sus sketchbooks aunque la heroína va desplazando ese proyecto hacia un segundo plano. Entre Harry y Marion existe una relación afectiva genuina, marcada sin embargo por la codependencia y la inestabilidad que impone la adicción compartida.
El cuarto personaje principal es Sara Goldfarb, la madre de Harry, una mujer viuda que vive sola en su apartamento de Coney Island. Sara es una persona solitaria cuya vida gira en torno a la televisión, en particular a un programa de teletienda o concurso al que es adicta con la misma intensidad con que su hijo lo es a la heroína. Un día recibe una llamada telefónica en la que le comunican que ha sido preseleccionada para aparecer en ese programa. La noticia transforma por completo su estado de ánimo y le otorga un propósito vital renovado.
Las motivaciones y el detonante
La llamada que recibe Sara actúa como el verdadero detonante narrativo de su arco argumental. Obsesionada con la idea de salir en televisión, Sara decide que quiere lucir el vestido rojo que usó en la graduación de Harry, una prenda que ya no le cierra. Movida por ese deseo, acude a un médico que le receta anfetaminas como tratamiento para adelgazar, un método habitual y poco regulado en la época. Las pastillas, combinadas con otras sustancias que el médico va añadiendo progresivamente, desencadenan una dependencia química que Sara no percibe como tal, puesto que sus píldoras provienen de una prescripción médica y no del mercado negro. Esta distinción resulta irrelevante para su cuerpo: la adicción se instala con la misma brutalidad.
Por su parte, Harry y Tyrone conciben a lo largo del verano un plan para escapar de su situación precaria. La idea consiste en comprar una cantidad considerable de heroína al por mayor, cortarla y revenderla en el barrio para obtener un beneficio suficiente que les permita acumular capital. Con ese dinero, Harry pretende financiar el estudio de diseño que Marion desea abrir, convirtiéndose así en el sostén económico de la relación y abandonando definitivamente la marginalidad. El plan representa, para los tres jóvenes, la fantasía de una vida normal y estable alcanzada a través de un atajo ilegal.
El conflicto central de la película queda planteado desde estas primeras secuencias como una estructura de cuatro adicciones paralelas que avanzan de manera simultánea. Cada personaje persigue una versión particular del sueño americano —el éxito, el reconocimiento, el amor, la independencia económica— y cada uno ha encontrado una sustancia o una obsesión que promete aliviar el dolor del presente y acortar el camino hacia ese objetivo. La heroína de Harry, Tyrone y Marion, y las anfetaminas de Sara, no aparecen únicamente como vicios autodestructivos sino como respuestas a carencias afectivas y sociales concretas: la soledad de Sara, la pobreza estructural de Tyrone, la falta de autoestima de Marion y la incapacidad de Harry para asumir responsabilidades adultas.
La película establece desde el inicio una simetría visual y narrativa entre los cuatro personajes que subraya la equivalencia moral y química de sus respectivas dependencias. El montaje asocia el ritual de inyectarse heroína con el de tomar pastillas prescritas, igualando ambos actos en su dimensión compulsiva y en el placer inmediato que generan. Esta equivalencia constituye el núcleo ideológico del relato: la adicción no discrimina por clase social, edad, raza ni origen, y el sistema que rodea a los personajes —médicos que recetan sin control, traficantes que abastecen el mercado, una industria televisiva que alimenta fantasías de fama— es tan responsable de su situación como sus propias decisiones individuales.
El verano que abre la historia es, para los cuatro protagonistas, el momento de mayor esperanza antes de que todo se precipite.