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Una joven sin nombre en la Costa Azul
La historia comienza en Montecarlo, donde una joven inglesa de carácter tímido e inseguro trabaja como dama de compañía de Mrs. Van Hopper (Florence Bates), una mujer americana adinerada, vulgar y dominante que viaja por Europa alojándose en lujosos hoteles. La protagonista, cuyo nombre nunca se revela en ningún momento de la película —un detalle deliberado que refuerza su condición de persona subordinada y sin identidad propia—, vive sometida a los caprichos de su empleadora, soportando humillaciones cotidianas con resignación y discreción.
En el hotel de Montecarlo, Mrs. Van Hopper repara en la presencia de Maxim de Winter (Laurence Olivier), un aristócrata inglés viudo, propietario de Manderley, una de las mansiones más célebres y admiradas de toda Inglaterra. Maxim goza de una reputación social impecable, aunque quienes le conocen advierten en él una melancolía profunda y una frialdad que los extraños atribuyen al dolor por la muerte de su primera esposa, Rebeca, fallecida aproximadamente un año antes en un accidente de navegación frente a las costas de Manderley. Mrs. Van Hopper, siempre ávida de contactos sociales ilustres, se presenta ante Maxim sin ser invitada, arrastrando con ella a su dama de compañía.
El cortejo y el matrimonio imprevisto
Contra todo pronóstico, Maxim de Winter ignora por completo a Mrs. Van Hopper y dirige su atención hacia la joven e invisible acompañante. Durante los días siguientes, mientras la empleadora permanece enferma en su habitación, Maxim y la protagonista comparten paseos, almuerzos y conversaciones que revelan la personalidad de ambos: él, un hombre atormentado que alterna la amabilidad con arrebatos de irritabilidad, especialmente cuando alguien menciona a Rebeca o a Manderley; ella, una muchacha sin fortuna, sin familia y sin confianza en sí misma, que se enamora con rapidez de ese hombre enigmático y distante.
La relación se interrumpe bruscamente cuando Mrs. Van Hopper anuncia que abandona Montecarlo para viajar a Nueva York, lo que significaría el fin definitivo del contacto entre los dos. Maxim reacciona ante esta noticia de manera inesperada: propone matrimonio a la joven de forma abrupta y casi desprovista de romanticismo, planteándolo más como una solución práctica que como una declaración de amor. La protagonista acepta, incapaz de resistirse a la perspectiva de escapar de su vida sin horizonte y de estar junto al hombre por quien siente una atracción poderosa. Mrs. Van Hopper, al enterarse, reacciona con frialdad y le advierte a su antigua empleada que Maxim sigue obsesionado con el recuerdo de Rebeca, y que jamás podrá competir con esa memoria.
La pareja se casa en una ceremonia discreta y regresa a Inglaterra tras una breve luna de miel. La joven esposa llega a Manderley sin ninguna preparación para lo que la espera.
La sombra de Rebeca sobre Manderley
Manderley es una mansión de dimensiones imponentes situada en los acantilados de la costa de Cornualles, rodeada de jardines salvajes y envuelta en una atmósfera densa y opresiva. Desde el primer momento, la nueva Mrs. de Winter —como pasa a llamársela— comprende que la casa entera está impregnada por la presencia de la primera esposa. Los objetos, las habitaciones, la rutina doméstica y la decoración permanecen intactos tal como Rebeca los dejó, como si el tiempo se hubiera detenido en el momento de su muerte.
La figura que encarna de manera más amenazante esa presencia es Mrs. Danvers (Judith Anderson), el ama de llaves de Manderley. Danvers sirvió a Rebeca con devoción absoluta y guarda por ella una veneración que roza la obsesión enfermiza. Desde el primer encuentro, Danvers trata a la nueva señora con una hostilidad velada pero constante, subrayando en cada ocasión su torpeza, su ignorancia de los protocolos de la casa y su inferioridad respecto a la primera Mrs. de Winter. Danvers no solo se niega a ayudar a la joven a adaptarse, sino que activamente trabaja para desestabilizarla, recordándole a cada paso la perfección, la elegancia y la personalidad arrolladora de Rebeca.
La nueva Mrs. de Winter descubre que Maxim jamás habla de Rebeca, que reacciona con tensión extrema ante cualquier mención a su primera esposa, y que existe en la casa una ala entera —los aposentos de Rebeca, orientados hacia el mar— que permanece cerrada y preservada como un santuario. El conflicto central queda así planteado con nitidez: la protagonista debe encontrar su lugar como esposa y señora de Manderley mientras lucha contra la omnipresente memoria de una mujer muerta cuya personalidad, belleza e influencia parecen superar a todo lo que ella puede ofrecer, y mientras descifra la verdadera naturaleza de los sentimientos que Maxim alberga hacia el recuerdo de Rebeca y hacia su propio pasado.
