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Un niño solo en los suburbios americanos
La historia transcurre en los suburbios residenciales de California, a principios de los años ochenta. Elliott, un niño de diez años que vive con su familia en una casa de las afueras, atraviesa un momento de particular vulnerabilidad emocional. Su padre ha abandonado el hogar recientemente para irse a vivir con otra mujer a México, dejando a la familia fracturada y a Elliott sin una figura paterna. Su madre, Mary, trata de sacar adelante a sus tres hijos prácticamente sola, desbordada por las responsabilidades del hogar. El hermano mayor de Elliott, Michael, un adolescente que pasa el tiempo con sus amigos y que en ocasiones trata a Elliott con la condescendencia propia de su edad, y la pequeña hermana Gertie, de apenas cinco años, completan el núcleo familiar. Elliott ocupa una posición incómoda en este esquema: demasiado pequeño para integrarse en el grupo de Michael, demasiado mayor para conformarse con los juegos de Gertie, y demasiado sensible para disimular el dolor que le ha causado la marcha de su padre.
Es precisamente esta soledad la que define el estado emocional de Elliott al comenzar la película. El niño siente que no encaja del todo en ningún lugar, que hay algo que le falta y que los demás de su entorno no terminan de comprender. Esta disposición interior lo convierte en el único miembro de su familia capaz de establecer contacto real con lo que está a punto de irrumpir en su vida.
La llegada del extraterrestre y el primer contacto
En los bosques cercanos a la urbanización, una nave espacial de origen desconocido ha aterrizado de forma furtiva. Un grupo de alienígenas botánicos ha descendido a la Tierra para recoger muestras de la flora terrestre. Sin embargo, cuando los agentes del gobierno americano —que llevan tiempo rastreando señales de actividad extraterrestre— se aproximan al lugar, la tripulación de la nave se ve obligada a partir de forma precipitada. En la huida, uno de los seres queda atrás, solo y desorientado en un planeta que no es el suyo.
Este ser, al que los espectadores conocerán como E.T. —abreviatura de extraterrestre—, es una criatura de aspecto físico marcadamente no humano: baja estatura, cuello extensible, grandes ojos expresivos, piel arrugada de tonos marrones y un dedo índice capaz de emitir luz. Posee capacidades telepáticas y telequinéticas, así como un vínculo empático con los seres vivos que lo rodean. Su motivación a lo largo de toda la historia es una sola: regresar a su planeta. Separado de los suyos, E.T. se adentra en la zona residencial buscando refugio.
La primera señal de su presencia la percibe Elliott cuando, una noche, sale al jardín trasero de su casa y lanza una pelota de béisbol hacia el cobertizo. Algo dentro devuelve la pelota. Aterrorizado inicialmente, Elliott regresa al día siguiente con cebo —una hilera de caramelos de la marca Reese's Pieces— para atraer a la criatura. Así se produce el primer contacto real entre ambos: E.T. sigue el rastro de dulces hasta el interior del cuarto de Elliott, y los dos se observan mutuamente en la oscuridad, presos del mismo miedo y la misma curiosidad.
El conflicto central: proteger lo invisible
Desde ese momento, Elliott toma una decisión que condicionará todo el desarrollo de la trama: mantener la existencia de E.T. en secreto. El niño comprende instintivamente que si los adultos, y especialmente las autoridades gubernamentales, descubren al extraterrestre, lo perderá. Esta intuición no es infundada: un grupo de agentes federales, liderados por un personaje que los créditos identifican simplemente como Keys —por las llaves que siempre lleva colgadas al cinturón, pues su rostro no se revela hasta más adelante en la película—, lleva tiempo buscando cualquier rastro de vida alienígena y está dispuesto a capturar al ser a cualquier precio.
Elliott presenta a E.T. a sus hermanos, Michael y Gertie, que reaccionan con una mezcla de espanto y asombro antes de comprometerse también a guardar el secreto. Gertie, con la naturalidad desarmante de la infancia, acepta al extraterrestre sin mayores reparos. Michael, más consciente de las implicaciones, se muestra protector. Los tres niños forman así una alianza implícita para cuidar de E.T. y ayudarlo en su único objetivo: construir un dispositivo de comunicación que le permita contactar con su nave y ser rescatado.
Mary permanece ajena a todo lo que ocurre en su propia casa, absorta en su propio dolor y en la gestión cotidiana de una familia que se sostiene con dificultad. Esta ignorancia de la madre no es negligencia sino reflejo de una brecha generacional que la película explora con precisión: los niños habitan un mundo paralelo al de los adultos, con sus propias reglas, sus propios miedos y sus propias lealtades.
El conflicto central queda así planteado desde el inicio: E.T. necesita volver a casa, Elliott necesita no perderlo, y las fuerzas externas —el gobierno, el tiempo, la biología— amenazan con hacer imposibles ambas cosas a la vez.
